Supergirl

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El nuevo Universo Cinematográfico de DC (DCU) se la juega por completo en las salas de cine. Tras meses de especulaciones, teorías en redes y un escrutinio público implacable, por fin he podido asistir al pase de prensa de la esperadísima película de Supergirl, que en estos momentos ya está en los cines, y os traigo mis primeras impresiones y crítica COMPLETAMENTE SIN SPOILERS. James Gunn ha asumido el tremendo reto de capitanear el guión y la dirección espiritual de este proyecto, adaptando una de las novelas gráficas modernas más laureadas de las viñetas. Sin embargo, el resultado final que llega a los cines promete encender las redes sociales y fragmentar radicalmente a la comunidad geek. ¿Estamos ante un blockbuster con identidad propia o ante un producto atrapado en fórmulas desgastadas?

1. La diferenciación con el ‘Superman’ de James Gunn: ¿Consigue salir de su sombra?

Una de las mayores incógnitas que sobrevolaban el proyecto antes de encenderse las luces de la sala era si esta producción conseguiría distanciarse del tono, la estética y la propuesta del Superman del propio James Gunn. El temor a que Kara se sintiera simplemente como «otra Superman con falda», repitiendo esquemas de origen tradicionales o el mismo tipo de heroísmo luminoso, era real. Afortunadamente, en el plano interpretativo y de caracterización, la película se esfuerza por marcar distancias.

La actriz protagonista derrocha una presencia imponente, magnética y renovada, logrando reclamar el traje y el escudo con una personalidad propia que se desmarca de la perfección pulcra y el optimismo intrínseco de su primo Kal-El. Aquí no hay una búsqueda de aceptación idílica en la Tierra; se explora la psicología de una superviviente que vio morir su mundo, otorgándole una capa de aspereza y madurez que la aleja del tono clásico de Metrópolis de la otra gran producción de la casa. Sin embargo, salir de esa sombra cinematográfica requería un guión impecable, y es ahí donde empiezan los problemas de la cinta.

2. El polémico «nerfeo» de Kara Zor-El: Una decisión de guión que frustra

A pesar de la excelente planta y la actitud de la protagonista, el largometraje tropieza de forma estrepitosa en la gestión de sus capacidades. El guión comete un error de base estructural que va a levantar ampollas e indignación entre los lectores más acérrimos de los cómics y los amantes de la coherencia interna: el «nerfeo» sistemático y exagerado de la superheroína.

Para estirar la trama de forma artificial, generar una falsa tensión dramática y hacer que la historia avance por el camino largo, la escala de poder de Supergirl se ve recortada de una manera drástica e injustificada en pantalla. En lugar de presenciar a un ser de fuerza descomunal desatado en el cosmos, nos encontramos con una Kara constantemente limitada, torpe en el despliegue de sus habilidades y debilitada por conveniencias del libreto. Esta decisión de guió n se siente perezosa, entorpece las grandes escenas de acción y va a copar los debates más encarnizados en la comunidad durante las próximas semanas, ya que frustra ver cómo se rebaja a un icono de esta magnitud solo para encajarlo en una estructura narrativa deficiente.

3. El factor Lobo y el peso de un villano que se queda a medio gas

El ecuador de la cinta introduce el que sin duda es el elemento más electrizante y esperado por todo el fandom de DC: la aparición de Lobo. El cazarrecompensas intergaláctico irrumpe en la narrativa para revolucionar por completo la dinámica de la pantalla, aportando esa marcha extra de carisma macarra, cinismo y gamberrismo que la película pide a gritos. Su presencia funciona como un soplo de aire fresco absoluto; Lobo se come cada plano en el que aparece y protagoniza las mejores interacciones y los momentos más dinámicos de todo el metraje, llegando a eclipsar por momentos el conflicto de la propia protagonista.

Este despliegue de magnetismo choca de frente con el tratamiento del antagonista principal de la historia. Una de las grandes preguntas que me hacía de camino al cine era si el villano estaría a la altura y si resultaría verdaderamente memorable. Desgraciadamente, la respuesta se queda a medio gas. Aunque cumple su función como amenaza física y empuja a Kara al límite en el tercer acto, carece por completo de la profundidad psicológica o de las motivaciones de peso necesarias para trascender. El villano se diluye en el cliché del blockbuster genérico, dependiendo por completo de la espectacularidad de los efectos especiales y los combates en lugar de sostener un duelo ideológico potente, dejando la incómoda sensación de que todo el interés secundario de la cinta recae en los hombros de Lobo.

4. La paradoja del director fantasma: El exceso de supervisión de James Gunn

Aquí entramos en uno de los debates más interesantes y espinosos que nos deja esta producción a nivel de industria. Es fundamental recordar y recalcar un dato: esta película no está dirigida por James Gunn. Sin embargo, cualquiera que entre a la sala sin saberlo juraría que él es el autor de cada plano. El sello de Gunn impregna de manera obsesiva toda la cinta, desde la selección musical y el tipo de humor gamberro hasta la propia estructura narrativa cósmica. Esto nos lleva a una reflexión obligada sobre los peligros del exceso de supervisión en los nuevos universos compartidos.

¿Es realmente bueno que un productor o jefe de estudio controle tanto el producto final? Por un lado, garantiza una cohesión estética y argumental muy necesaria para que el DCU no sea el caos del pasado. Por el otro, anula por completo la visión, la personalidad y la voz propia del director contratado para rodar la película. Al final, se percibe una alarmante falta de libertad creativa en la silla de dirección, donde el cineasta parece actuar más como un ejecutor de los deseos de Gunn que como un autor independiente. Este intervencionismo desmedido le quita frescura al resultado y estandariza las películas bajo un único molde.

5. La crisis de identidad de DC: ¿Un «Guardianes de la Galaxia pobre» en el espacio?

Este exceso de control es, precisamente, el causante del verdadero talón de Aquiles de Supergirl, y el motivo por el cual va a dividir a los espectadores de forma irreconciliable: su alarmante crisis de identidad a la hora de asentar el tono definitivo. La película intenta de forma obsesiva emular la fórmula de ciencia ficción espacial, humor irreverente y nostalgia pop que tan bien le funcionó a James Gunn en su etapa en Marvel con Star-Lord y compañía. El problema es que aquí esa mezcla no fluye con la misma naturalidad; se siente forzada, mecánica y, por momentos, da la molesta impresión de estar viendo una versión de «Guardianes de la Galaxia pobre» manufacturada por DC.

Los bandazos de tono son constantes: el metraje salta de la solemnidad trágica del material original a chistes ligeros que cortan el clímax y rompen por completo la suspensión de la credibilidad en los momentos más dramáticos. El tramo final y las conclusiones nos dejan, por tanto, un sabor de boca agridulce. A nivel de dirección artística y diseño de producción, la película cumple con creces y regala un espectáculo visual imponente en pantalla gigante, pero las costuras de su ritmo irregular, el «nerfeo» y sus dudas de identidad lastran el resultado global. ¿Vale la pena ir al cine a verla? Sí, porque es una pieza clave para entender hacia dónde camina el nuevo DCU y tiene elementos muy disfrutables (como Lobo o la presencia de la actriz), pero id preparados para una propuesta imperfecta que se queda lejos de la obra maestra que nos habían prometido.

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