La Constelación del Perro (sin spoilers)

La Constelación del Perro (sin spoilers) Puntuación: 7/10

Vayamos con lo primero por delante, porque a estas alturas ya casi resulta sospechoso: Ridley Scott tiene 88 años y sigue filmando con el pulso de alguien que no tiene absolutamente nada que demostrarle a nadie. La Constelación del Perro no es la típica película de zombis o de saqueadores con pinchos que uno podría esperar del cartel, y esa es, para bien y para mal, la clave de todo lo que viene a continuación.

Basada en la novela de Peter Heller, la película nos lleva a un mundo devastado por una gripe que ha borrado del mapa a la mayor parte de la humanidad. Pero, y esto es importante, no es una historia sobre el virus, ni sobre cómo sobrevivir día a día al caos. Es una historia sobre el duelo, sobre la soledad y sobre lo que nos queda cuando ya no queda casi nadie a quien querer. Ridley Scott y su director de fotografía convierten cada plano en algo casi pictórico, y la dirección se nota fina, medida, con ese pulso de veterano que sabe exactamente cuándo quedarse callado y dejar que el paisaje hable por los personajes.

El perro que le da título a todo esto

Y hablando de dejar que las cosas hablen por sí solas: si hay un elemento que resume toda la película, es precisamente el que le da nombre. El perro de Hig, nuestro protagonista, no es un acompañante mono metido con calzador para vender más entradas. Es, directamente, el último vestigio tangible de la vida que Hig tenía antes de que todo se fuera al garete, el último lazo físico con una existencia que ya no existe. Y no os voy a engañar: el papel que juega en la historia, y el momento concreto en el que ese papel cambia, es de los puntos de inflexión más importantes de toda la función. No entraré en detalles, pero cuando llegue ese instante, sabréis exactamente de qué hablo.

Ese vínculo con el perro no se entiende sin entender también por qué Hig es quien es cuando arranca la película. Perdió a su mujer de una forma traumática, y esa pérdida es una losa que carga encima en cada escena, aunque no siempre lo diga en voz alta. De ahí que insista tanto en que esta es, ante todo, una película sobre el duelo: no el duelo entendido como un trámite que se supera en un par de escenas de lágrimas, sino como algo que te acompaña, que te condiciona cada decisión, y que en un mundo ya de por sí hostil se convierte en una losa extra que hay que aprender a cargar.

Un ritmo que exige paciencia

Ahora, la parte menos amable: la película es lenta. Muy lenta, en varios tramos, y no me extrañaría que a más de uno se le haga cuesta arriba mantener el interés en algunos pasajes. Dicho esto, entiendo perfectamente por qué Scott ha tomado esa decisión: si el verdadero tema de la función es la soledad de un hombre que ya no sabe muy bien cómo relacionarse con lo que queda del mundo, tiene sentido que el propio ritmo de la narración se sienta pausado, casi contemplativo, como si el tiempo también se hubiera quedado varado junto a los personajes.

En esa parte de búsqueda, de camino y de gente que se va cruzando por el trayecto, no he podido evitar acordarme de Hacia lo Salvaje. No son películas idénticas ni mucho menos, pero comparten ese espíritu de viaje interior disfrazado de viaje físico, donde lo que de verdad importa no es el destino, sino las personas que se van encontrando (o perdiendo) por el camino, y lo que cada uno de esos encuentros remueve por dentro.

Sobrevivir solo o ayudar a los demás

Uno de los aciertos más interesantes del guion es cómo plantea, sin subrayarlo con letras de neón, una pregunta que sobrevuela toda la película: en un mundo así, ¿es mejor centrarse solo en uno mismo y sobrevivir como sea, o merece la pena arriesgarse a ayudar a los demás? Esa disyuntiva la encarnan primero los dos protagonistas, Hig y Bangley, que son básicamente la noche y el día. Uno todavía se aferra a lo que fue humano en él; el otro se ha adaptado tan bien al nuevo mundo que a veces cuesta distinguir dónde termina la supervivencia y dónde empieza la propia brutalidad.

Y por si el contraste no quedara suficientemente claro, la historia lo repite casi calcado más adelante con Pops y Cima, un padre y una hija que funcionan casi como un espejo de la pareja protagonista: ella abierta, dispuesta a confiar y a echar una mano aunque le pueda salir cara; él cerrado a cal y canto, con la desconfianza como único modo de supervivencia. Que la película construya este paralelismo de forma tan deliberada dice mucho de que no está ahí por casualidad: es, probablemente, la pregunta moral más importante de toda la cinta.

Pese a todo, siempre puede pasar algo bueno

Y aquí es donde La Constelación del Perro se despega un poco del resto de su género, porque, para lo que suele ser habitual en el apocalipsis de turno, esta es una película sorprendentemente esperanzadora. Su mensaje, entre líneas, es que por muy mal que esté todo, siempre pueden pasar cosas buenas si te dejas acompañar por quien tienes al lado. La soledad, nos viene a decir la película, no te protege: te va minando poco a poco, y al final todo el mundo, hasta el superviviente más curtido, necesita sentirse querido por alguien.

Ese trasfondo esperanzador conecta directamente con el motor que empuja a Hig a moverse durante buena parte del metraje: la posibilidad, más o menos vaga, de que exista un lugar llamado Grand Junction. Como en tantas otras historias del género, existe ese sitio idílico que se supone que es la salvación, ese rumor de esperanza al que el protagonista se agarra con uñas y dientes, convencido de que no solo puede ser la salvación del mundo que queda, sino también, y sobre todo, la suya propia.

Un género que ya hemos visto (demasiadas) veces

Aquí llega mi pega más de fondo con la película, y es una un poco injusta, lo reconozco, porque no es culpa suya: en un mundo sin The Walking Dead, sin Fallout o sin The Last of Us, esta historia habría destacado muchísimo más de lo que lo hace ahora. Llegando en 2026, después de que el género postapocalíptico centrado en el duelo y las relaciones humanas se haya explotado hasta la saciedad en series, videojuegos y cómics, La Constelación del Perro se queda un poco diluida entre tanta oferta parecida. Lo que nos cuenta ya lo hemos visto, y visto bien, en más de una ocasión, y eso, aunque la ejecución sea sólida, acaba desmereciendo el conjunto.

Un reparto de altura, hasta para sobrevivir al apocalipsis

Dicho esto, el reparto está muy a la altura de lo que pide la historia. Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley y Guy Pearce forman un grupo que, no nos vamos a engañar, es un puñado de gente muy guapa y muy capaz en medio de un mundo que se ha ido literalmente a la mierda, y que además acaba junta por pura casualidad del guion. Es algo que siempre me llama la atención en este tipo de historias: lo mucho que evolucionan los "buenos" cuando las circunstancias aprietan, sacando una entereza y una capacidad de adaptación casi heroicas, frente a lo mucho que involucionan los "malos", que en muchos casos parecen haber retrocedido a un estadio casi prehistórico, guiados solo por el instinto y la violencia más básica.

La crítica social que sobra

Y ya para cerrar, hay un tramo de la película, coincidiendo precisamente con la llegada a Grand Junction, donde se cuela una crítica bastante explícita hacia la alta sociedad, retratada como un grupo que parece vivir en una burbuja completamente ajena al resto del mundo devastado. El problema es que esa parte está rodada de una forma bastante grotesca, casi caricaturesca, y el tono no encaja demasiado bien con el resto de la película, mucho más contenida y melancólica hasta ese momento. Se nota metida con calzador, como si el guion hubiera querido decir algo más sobre las diferencias de clase y no hubiera encontrado una forma más orgánica de integrarlo en la historia que ya tenía entre manos.

La Constelación del Perro: ¿vale la pena verla?

La Constelación del Perro es una película que sabe lo que quiere contar y, en líneas generales, lo consigue: una historia íntima sobre el duelo, la soledad y la necesidad de apoyarse en los demás, rodada con un pulso visual que roza lo pictórico. Le pesan, eso sí, un ritmo que no es para todos los públicos, una crítica social que se siente pegada con pinzas y el hecho de llegar tarde a una conversación que otros medios ya han tenido, y mejor, en los últimos años. Aun con todo, sigue siendo una propuesta honesta y bien facturada, con un reparto sólido y un mensaje de fondo que se agradece en un género que suele ser bastante más despiadado con sus personajes.

Lo mejor: la fotografía y la forma en la que el perro de Hig se convierte en el corazón emocional de la historia.

Lo peor: que en 2026, después de tanto género postapocalíptico centrado en el duelo, cuesta que la historia se sienta realmente nueva.

Publicidad

Veredicto de Espacio Marvelita

7/10

También te puede interesar