Disney no tiene un problema creativo, tiene un problema de valentía

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Hubo un tiempo en el que el nombre de Disney transmitía algo muy concreto: ambición. No solo ambición comercial, que siempre la ha tenido, sino ambición narrativa. La sensación de que, detrás de cada gran apuesta, había una intención real de emocionar, de arriesgar, de dejar una huella. Hoy, en cambio, la conversación alrededor de la compañía suele ir por otro camino. Cada estreno viene acompañado de la misma pregunta: “¿Qué le pasa a Disney?”. Y casi siempre se responde con una frase rápida: “se han quedado sin ideas”.

No creo que ese sea el verdadero problema.

Disney no tiene un problema creativo. Tiene estudios, talento, dinero, experiencia y algunas de las propiedades intelectuales más poderosas del mundo. Tiene a su alcance escritores, directores, diseñadores, compositores y equipos capaces de levantar proyectos enormes. Sería absurdo pensar que una compañía con ese músculo no sabe cómo construir una buena historia. El problema es otro. El problema es que muchas veces no se atreve a contarla.

Y no, no hablo solo de “hacer cosas nuevas” por hacerlas. Hablo de algo más importante: de asumir riesgos emocionales, de permitir que una historia tenga personalidad, conflicto, consecuencias y una voz propia. Dejar que una obra diga algo, aunque no le guste a todo el mundo. Ahí es donde Disney parece haberse ido encogiendo poco a poco.

Disney sabe hacer buenas historias. Precisamente por eso frustran tanto algunas decisiones

Lo más llamativo de todo esto es que el talento sigue ahí. A veces se ve en escenas sueltas, en personajes que apuntan maneras, en ideas visuales que prometen mucho más de lo que finalmente se atreven a desarrollar. Por eso hay tanta frustración entre los fans. Porque no estamos hablando de una compañía incapaz. Estamos hablando de una compañía que demasiadas veces se frena sola.

Ese es el matiz importante.

Cuando una historia sale mal por falta de recursos o por incompetencia, el resultado suele ser simplemente mediocre. Pero cuando una historia falla por miedo, deja una sensación distinta. Se nota. Se percibe en los guiones que plantean algo interesante y luego reculan. En los villanos rebajados para no incomodar. En los conflictos simplificados para que nadie se enfade. En los finales que prefieren ser correctos antes que memorables.

Disney sigue sabiendo perfectamente cómo fabricar emoción. Lo que parece haber perdido es la confianza para sostener esa emoción hasta el final cuando se vuelve incómoda, compleja o arriesgada.

El gran enemigo no es la falta de ideas, sino la obsesión por no molestar a nadie

En los últimos años, una parte del cine comercial ha caído en una trampa muy concreta: confundir accesibilidad con blandura. Querer llegar a todo el mundo no es malo. De hecho, Disney ha construido su imperio precisamente sobre esa capacidad de conectar con públicos muy distintos. El problema aparece cuando esa vocación universal se transforma en una vigilancia constante de cada decisión creativa.

Todo parece pasar por filtros invisibles. Qué tono es el más seguro. Qué giro generará menos rechazo. Qué personaje conviene no llevar demasiado lejos. Qué escena debe quedarse a medio camino. Qué mensaje suena lo bastante importante sin ser realmente incómodo. Y al final, claro, el resultado puede ser correcto, incluso entretenido, pero rara vez se vuelve inolvidable.

Porque las historias que permanecen no suelen ser las más dóciles, sino las que se atreven a tocar una fibra real.

Disney parece demasiado pendiente de gestionar la reacción inmediata y demasiado poco centrada en construir el recuerdo duradero. Quiere controlar tanto la conversación alrededor de sus obras que a veces termina sofocando aquello que podría haberlas hecho especiales.

El miedo a arriesgar también se nota en cómo trata a sus franquicias

Esto se ve especialmente bien en sus grandes marcas. Cuando una franquicia entra en modo conservación, lo primero que pierde no es el espectáculo. Lo primero que pierde es la identidad.

Muchas producciones recientes de grandes universos funcionan como productos diseñados para mantener viva la maquinaria, no como historias nacidas de una necesidad creativa real. Se estrenan porque la rueda tiene que seguir girando. Porque hay una plataforma que alimentar, un calendario que cumplir o una marca que mantener presente. Y eso se nota.

No es que falten personajes. No es que falten mundos. No es que falten tramas posibles. Faltan decisiones valientes.

Falta permitir que un proyecto tenga una mirada propia aunque eso implique dividir opiniones. Falta aceptar que una historia potente no siempre tiene que ser complaciente. Falta entender que el fan no necesita sentirse constantemente tranquilizado; necesita sentir que le están contando algo que merece la pena.

Porque hay algo que a veces se olvida en las grandes corporaciones: el público detecta enseguida cuándo una obra quiere apasionarlo y cuándo solo quiere retenerlo.

Lo más irónico es que el ADN de Disney siempre ha tenido riesgo

Por eso cuesta tanto asumir esta deriva conservadora. Porque, si uno mira hacia atrás, las mejores etapas de Disney no nacieron de jugar sobre seguro. Nacieron de la ambición, de la intuición y, sí, también del riesgo.

La propia historia de la compañía está llena de apuestas que, sobre el papel, podían salir mal. Películas con tonos más oscuros de lo esperado. Personajes complejos. Relatos sobre pérdida, miedo, crecimiento, fracaso y renuncia. Historias que no trataban al espectador como alguien a quien había que proteger de cualquier emoción intensa, sino como alguien capaz de vivirla.

Eso era precisamente lo que hacía especial a Disney: su capacidad para envolver temas profundos en relatos accesibles sin vaciarlos por el camino.

El problema no es que la compañía ya no sepa hacer eso. El problema es que parece desconfiar de ello. Como si hubiese llegado a la conclusión de que lo mejor para sus marcas es rebajar los bordes, suavizar los contrastes y no llevar ninguna idea demasiado lejos. Como si la prioridad ya no fuese dejar huella, sino evitar riesgos reputacionales.

Y una compañía así puede seguir siendo rentable, pero le costará más seguir siendo inspiradora.

Los fans no piden perfección, piden honestidad

Aquí conviene hacer una distinción importante. La mayoría de fans no espera que Disney acierte siempre. Eso no pasa con ningún estudio, con ninguna saga y con ningún creador. El problema no es fallar. El problema es transmitir la sensación de que ya ni siquiera estás intentándolo con todas tus fuerzas.

Un fan perdona una obra imperfecta si nota que detrás hay intención, carácter y ganas de contar algo. Lo que cuesta más perdonar es la tibieza. Ese tipo de producto que parece montado para no equivocarse y que, precisamente por eso, nunca termina de tocar nada de verdad.

Quizá por eso tantas obras recientes generan una reacción curiosa: no siempre provocan odio frontal, pero tampoco dejan entusiasmo real. Se consumen, se comentan unos días y se evaporan. Y para una compañía como Disney, eso debería ser una señal de alarma mucho más seria que cualquier polémica en redes.

Porque una marca de este tamaño no vive solo de vender entradas o suscripciones. Vive de ocupar un espacio emocional en la cabeza del público. Vive de construir recuerdos. Vive de inspirar conversación, relectura, cariño y revisita. Cuando una obra se vuelve intercambiable, el problema ya no es de marketing, es de alma.

Ser valiente no significa ser oscuro, ni adulto, ni “rompedor” por obligación

A veces, cuando se habla de valentía creativa, parece que la única salida fuera hacer historias más provocadoras o más agresivas. Y no va por ahí. Disney no necesita traicionar su esencia para recuperar fuerza. No necesita convertirse en otra cosa. Lo que necesita es recordar qué hizo grande esa esencia.

Ser valiente puede significar muchas cosas. Puede significar dejar respirar a un director con una visión clara. Puede significar no corregir cada arista de un personaje hasta volverlo inofensivo. Puede significar permitir finales agridulces, conflictos reales, silencios incómodos o decisiones que tengan consecuencias. Puede significar apostar por nuevas voces sin obligarlas a sonar exactamente igual que el resto.

La valentía no está en “escandalizar”. Está en comprometerse con una historia de verdad.

Y eso vale para una película original, para una serie, para una secuela o para una gran franquicia. A veces una sola decisión honesta cambia por completo cómo se percibe una obra. A veces lo único que hace falta es dejar de pensar tanto en la corrección estratégica y volver a pensar en la emoción.

Disney todavía está a tiempo de corregir el rumbo

La buena noticia es que esto no parece un problema irreversible. Sería más preocupante si la compañía hubiese perdido la capacidad de crear. Pero no da la sensación de que sea así. Lo que da la sensación es que ha construido un sistema demasiado pendiente del control, del cálculo y de la protección de marca. Y eso se puede cambiar.

Se puede apostar menos por la seguridad del molde y más por la personalidad de cada proyecto. Se puede volver a confiar en que el público conectará con una buena historia incluso si no está diseñada para gustarle absolutamente a todo el mundo. Se puede entender que la mejor forma de proteger una marca no es esterilizarla, sino hacer que vuelva a importar de verdad.

Porque cuando Disney ha acertado de verdad, nunca ha sido por parecer prudente. Ha sido por parecer convencida.

Al final, el problema no es qué historias puede contar Disney, sino cuáles se atreve a dejar vivas

Disney no está vacía de ideas. Está llena de potencial. Lo que le falta, demasiadas veces, es el coraje para llevar ese potencial hasta sus últimas consecuencias.

Y eso es una pena, sobre todo para quienes hemos crecido queriendo a estas historias y seguimos queriendo creer en ellas.

Los fans no necesitan que Disney les recuerde constantemente lo grande que es su catálogo. Eso ya lo sabemos. Lo que necesitamos es volver a sentir que detrás de cada proyecto hay algo más que estrategia. Que hay intención. Que hay riesgo. Que hay una voz. Que hay una historia que no ha sido limada hasta perder su pulso.

Porque al final, las compañías gigantes pueden comprar franquicias, talento, tecnología y campañas de promoción. Lo que no pueden comprar tan fácilmente es esa chispa que convierte una obra en algo que se queda contigo.

Y esa chispa, casi siempre, aparece cuando alguien se atreve.