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[CONCURSO] Ganador del concurso de Funidelia “Conviértete en Superfunihéroe”

Pues nada chicos, ya tenemos ganador del concurso organizado por Funidelia, en el que estaba en juego un disfraz de vuestro superhéroe favorito. El citado ganador es Ignacio Domínguez (desde Funidelia se pondrán en contacto contigo), que nos ha presentado a Doberman, un superhéroe muy gracioso y bastante resultón. Podéis comprobarlo en la descripción que él mismo ha hecho y que le ha llevado a ganar el premio.

DOBERMAN !!!! (el cuñado de Pitbull). Nací en las afueras de San Sebastián de los Ballesteros y a muy temprana edad comencé a trabajar como gestor especializado de alimentos y residuos caninos: en la perrera. Una fría y ventosa mañana de otoño recibimos el aviso de las autoridades locales acerca de la presencia de un perro abandonado que merodeaba las inmediaciones del Cabril. El rastro de huesos y pequeños mechones de pelo grisáceo nos facilitó la labor de encontrarlo en su guarida. Era un maravilloso ejemplar aunque se encontraba asustado y receloso de nuestras intenciones. Finalmente con la ayuda de nuestro amigo el jamón cocido conseguimos inmovilizarlo con los lazos y encerrarlo en la furgoneta de la protectora. El rabo entre las piernas, las orejas encogidas y esa mirada de fuego producía sentimientos encontrados de compasión y pavor.
Esa misma noche me correspondía guardia en la perrera, jornada maratoniana de 20 horas. Recientemente se habían producido unos recortes drásticos en los presupuestos municipales y únicamente se habían quedado al cuidado de toda esa jauría un veterinario, tres consejeros delegados y yo mismo como chico para todo. Esa noche me tocaba la guardia a mí.
La noche era tranquila, era una noche de esas de otoño en las que recuerdas lo bueno del verano hasta que una racha de aire te incrusta en la cara el invierno que viene. Fue casi como un tren que se aproxima a la estación, uno tras otro los 250 perros de la protectora comenzaron a ladrar, sólo había visto esto dos veces en todos los años que llevaba trabajando. La primera vez fue cuando un avión del ejército que hacía maniobras en el cercano campo de tiro rompió la barrera del sonido justo encima de nosotros; y la segunda la noche de fin de año en las que nos dedicamos a correr delante de todas las jaulas con un disfraz de Leprechaun y una bocina de gas. Pero esta vez era distinto, no se había visto ningún coche por las inmediaciones, ni había pasado ningún avión, igualmente los ladridos se entremezclaban con lastimeros chillidos que no hacían presagiar nada agradable.
Llamé a mi supervisor para informarle de la situación y para que viniera ya que estaba realmente asustado. Entre risas e insultos me dijo que se acercaría para comprobar que todo estaba en orden pero que fuera preparándome para entrar en la empresa más grande del país si no salía en ese mismo momento a ver qué sucedía.
Cogí la linterna y poco a poco abrí la puerta de la oficina para ver qué es lo que estaba produciendo ese alboroto. Mentiría si dijera que estaba tranquilo, las piernas me temblaban, y el haz de luz de mi linterna parecí más un foco de discoteca. Empecé a recorrer las jaulas y conforme iba avanzando los perros se iban callando, esto fue así hasta que cuando había recorrido unas 50 jaulas me encontré justo delante de la del perro que habíamos capturado esa tarde. Justo en ese preciso momento se hizo el silencio y pude oír el leve sonido del viento y el de los camiones de la carretera que se encontraba a varios kilómetros.
Alumbre al interior de la jaula y ahí estaba él, seguía con el rabo entre las piernas, las orejas agachadas y esa mirada; por un segundo esa mirada me infundió nuevamente compasión y lentamente acerqué la mano para reconfortar al pobre animal pensando hacia mis adentros: no te preocupes, estoy aquí para ayudarte, no hagas caso a esta manada de cabrones que no hacen nada más que gritar.
Fue en una milésima de segundo, no me dio tiempo a reaccionar y cuando me quise dar cuenta ya me había propinado una buena dentellada. La linterna se cayó al suelo y la oscuridad se hizo, durante una fracción de segundo creí ver un atisbo de ojos verdes en la oscuridad pero antes de que pudiera asignar a esa imagen un recuerdo permanente salí corriendo en dirección a las luces de la oficina. Mientras corría puede comprobar que aun mantenía todos los dedos de la mano y que lo que en un primer momento parecía el comienzo de una prometedora carrera en la piratería únicamente se saldaría con un pinchazo de antitetánica, otro de antirrábica y betadine para todos!
Cuando llegué a la oficina fui directamente al baño, la caja del botiquín únicamente tenía alcohol, pinzas, aspirinas, colirio y alcohol, por lo que mi juramento hacía la mutua de accidentes alcanzó un nivel 9 en la escala de improperios. Como puede me lave la herida y ahí estaban todos bien marcados: colmillos, premolares y molares. Proseguí el lavado y apliqué el alcohol sabiendo hacía mis adentros que la frase esa de las madres de que no duele es totalmente falsa: sí que escuece y mucho, ¡joder!
Mientras estaba aplicando ese desinfectante suplicio empezó a caer una gota de sudor por mi frente, y luego otra, y otra hasta que llegaban a la nariz y caían a la fregadera. Eso no era normal. Empecé a sentir un sudor frío y como la sangre cedía a la fuerza de la gravedad abandonando por momentos mi cerebro en dirección a los pies. Como puede me arrastré lastimosamente hasta la cama que había en la sala de guardias perdiendo definitivamente la consciencia cuando apoyaba la cabeza en la almohada.
Sentí como un martillo percutor en la sien y abrí los ojos. Ahí estaba ese tío tan majo con ese bigote. Al principio no entendía nada de lo que decía, parecía un muñeco de ventrílocuo, pero no podía ver a la persona que lo manejaba moviéndole acaloradamente los brazos. Al cabo de unos 10 segundos pude empezar a captar palabras sueltas: inútil, escapado, mojón te comas, borracho y calle. En esa fatídica fracción de segundo en la que mis neuronas realizaron las conexiones oportunas y ordenaron en sus estanterías correspondientes todas las partes de mi memoria lo entendí.
Mi supervisor había llegado hacía media hora atendiendo a mi llamada de auxilio. Nada más llegar vio una de las jaulas abiertas y no encontró ningún rastro del perro capturado esa tarde. A continuación entró en la oficina y me vio inconsciente encima de la cama con una botella de alcohol en el baño. Blanco y en botella. Leche
No entiendo a la gente que se recrea en la humillación con lo fácil que hubiera sido un; estas despedido, vete. El resto de las 536 palabras que salieron de su boca sobraban. Cuando llevaba 537 empecé a notar algo, una leve sensación, algo que había dentro de mí y necesitaba salir. De lo boca del estomago, pasando por el esófago y la laringe salió una sola palabra:
– Dale veterana que tú sabe!
A lo que recibí como contestación: pero qué cojones estás diciendo chalado?
No sé porque había dicho eso y le intenté decir que lo sentía mucho pero sólo me salió un:
– Tíramelo mami chula!
En eso momento los ojos se le inyectaron en sangre y alcanzó a coger con su mano izquierda unas de las correas de eslabones metálicos que empleamos para pasear a los perros. Cuando la correa había alcanzado los 180° sobre la vertical y se disponía a caer sobre mí intenté protegerme alargando los brazos hacía él y un grito de desesperación salió de lo más profundo de mi ser.
– TU TIENE LA BOCA GRANDE DALE PONTE A JUGAR!
Una bola azulada del color que tiene el gas natural al arder salió en su dirección alcanzándolo de lleno y lanzándolo al otro extremo de la habitación. No podía creer qué es lo que había pasado, yo era un hombre práctico y para nada creyente de lo sobrenatural, bueno sí un poco: los ovnis, los fantasmas, el yeti, los viajes en el tiempo, el triángulo de las bermudas, pero en ningún momento de mi vida podía creer que alguien sería capaz de hacer algo como lo que yo había hecho, bueno sí: goku, pero sólo si está cabreado.
Me acerqué lentamente y pude comprobar que el agujero que tenía en el pecho donde antes tenía el corazón hacía innecesario que comprobara su pulso ya que era incompatible con la vida. Un pánico me invadió ya que la cárcel no estaba hecha para gente como yo; además cómo explicaría el pequeño detalle de las explosiones de energía. Debía huir.
Cogí mis pertenencias más valiosas y apresuré mi marcha. Me calé mi gorra preferida de un fabricante de piensos, me eché el collar de eslabones metálicos alrededor del cuello y me puse las gafas de soldador que la verdad es que no veo un pijo pero a mí me gustan porque me hacen reshulón.
Mientras andaba hacía ninguna parte, sin rumbo fijo, sin ningún objetivo y con la única compañía de las estrellas me decía para mí mismo:
I know you want me
you know I want cha
I know you want me
you know I want cha
Desde este momento me llamaré Doberman (el cuñado de Pitbull).

Y ya sabéis, para disfraces de superhéroes, Funidelia. Enhorabuena al ganador.